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Como una madre nos atendía y nos escuchaba.  Amiga y confidente. Supo muchas de nuestras historias, tristes y alegres, y las sentía suyas.

Innumerables veces  - dándose cuenta de nuestros pesares-  fue quien nos animó a seguir adelante, colaborando como pudiera.

Treinta y tres años  estuvo con nosotros, atendiéndonos en el Casino de nuestro Liceo, lo que la convierte en una funcionaria más.

Los estropicios en su salud la habían alejado este año de nosotros. Pero, recibía nuestras visitas, las de quienes en verdad la estimamos y reconocemos su labor.

Sus acciones hablan por ella.  Madre ejemplar de Erika, Raúl, Marcelo y Yamilet,  supo aglutinar a su familia y parientes en un férreo núcleo de fraternidad y afecto, en una amalgama de hermanas, sobrinos, nietos, “su nieta Andrea”, y su amada y entrañable bisnieta Luciana, “Lulú”, quien innegablemente, le “robaba el alma”.

Nosotros, como bien dice Yamilet, le conocíamos su lado amable. Claro, como todo ser humano, Anita tenía su carácter y se enojaba. Y sabía cómo llamar la atención y castigar.

Anita, la “tía del casino”, ya no estará más. Se ha ido.  Su partida, marcará un antes y un después en nuestras vidas.

Conociendo su amor por la vida, el respeto por sus semejantes, la solidaridad que brindó a los necesitados, la tolerancia y la humildad de la que hacía gala sin proponérselo, aprendimos de ella. Gracias por eso. Por hacernos saber que todavía vale la pena vivir y que se puede ser fraterna y desinteresada y ser feliz.

Ana María Rojas Araya.  Descansa en paz. Tu recuerdo seguirá vivo en nuestros corazones.

 

“Nunca se olvida a una persona que se va; simplemente, se aprende a vivir sin ella.”

 

 

Prof. Adriana Cornejo Valdés